sábado, 26 de junio de 2010

COLDFOOT-DEADHORSE











Y llegamos al Norte, a la ciudad (luego cuento algo de este eufemismo) de Deadhorse, que es el punto más al norte de Alaska al que se puede llegar por carretera. Existe otra ciudad llamada Barrow que está más al Norte, pero no hay comunicación terrestre, sólo aérea.
Los paisajes son un día más impresionantes. Hoy hemos pasado de la taiga (con árboles)I a la tundra (sólo vegetación de porte rastrero y herbáceo), con lo que a la vista todavía es mayor la impresión de inmensidad. Además hemos cruzado una cordillera a través del paso Atigun. Si alguno es aficionado a los camiones le sonará porque es famosa su dificultad en invierno. Y aquí todo llega en camión. Incluso hemos visto animalitos: marmotas o similares (un montón) y caribúes, también en número apreciable.
La carretera infame: hemos tardado unas ocho horas en hacer cuatrocientos kilómetros, con eso está todo dicho. Y hemos pinchado, pero le hemos puesto espuma y hemos llegado a Deadhorse, dónde hemos encontrado a Terry, un tío estupendo que nos ha arreglado la rueda, nos ha revisado las otras cuatro y colocado la de repuesto en su sitio, que la llevábamos por ahí dando guerra, sin cobrarnos nada y con una gentileza de admirar y eso que no el taller no se dedicaba a eso sino a montar ruedas de camión. No sé si somos las mujeres más afortunadas del mundo o es que todos los americanos son igual de generosos.
Y vamos con Deadhorse. No sé si alguien ha estado alguna vez en una planta de extracción de petróleo, que es lo que es esto, pero es lo más caótico que podáis imaginar. Ni siquiera están marcadas las calles, pero no es que no tengan nombre sino que si te descuidas te caes en los lagos semihelados que hay por todos lados. El yacimiento de Bahía Prudhoe es el más grande de Norteamérica y hay varias compañías implicadas en la explotación y yo tengo la sensación de que hacen las construcciones, que son todas ellas barracones, incluído el hotel dónde nos alojamos porque no os podéis ni imaginar el frío que hace al sol, en invierno cuando todo es uniformemente blanco y da igual que debajo haya agua o permafrost, y por eso lo de las calles sin marcar. Todo está en relación a la explotación del petróleo y los habitantes son todos trabajadores del sector. No hay nativos, no se permite la cerveza ni las armas de fuego (en el cartel están escritas como si fueran parejas) y la única tienda de la ciudad está en la terminal del aeropuerto (nos ha llevado Terry para que repusiéramos la espuma que hemos gastado esta mañana). En fin un verdadero caos a orillas del Océano Glaciar Ártico.
Y como tampoco hay Internet (la única posible es por satélite y cuesta una pasta), hasta otro rato.

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